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En Busca del Gran Sábalo
Después de leer varios interesantes artículos sobre pesca con mosca en el Caribe, de la maravilla de la pesca de los Macabies o Bones fish en aguas cálidas y transparentes, de los extraordinarios Permit y de las luchas incansables de los Tarpons, me animé a poner mi equipo mosquero dentro del equipaje en un viaje de trabajo a Carácas, Venezuela. La idea era arrancarse un par de días a Los Roques. Este es actualmente un Parque Nacional, que ha decir de muchos expertos, es un paraíso del buceo, la vela y de la pesca deportiva. Lo conforma un archipiélago con forma de atolón, con barreras coralinas y un total de 33 islas cuya toma de posesión fue en el año 1589.
Su isla principal, Gran Roque, es cruzada por una callejuela larga de arena por la que circula sólo el camión municipal del agua. Su población nativa no supera las 2.500 personas, gente amable pero informal. Acá, a diferencia de Can-Cun o Cozumel, u otros lugares del caribe, no hay “resorts” ni grandes hoteles, solo pozadas atendidas por sus dueños.

Para llegar, se debe tomar un vuelo en el Aeropuerto de Caracas. Hay varias líneas aéreas, unas mejores que otras y con valores del viaje en torno a los US$ 140. Después de 40 minutos se llega a este Parque Nacional de Los Roques, el cual desde el aire ya se aprecia muy particular.

Al llegar, se paga el impuesto de entrada al parque, unos US$ 30, y luego de una corta caminata, mi Hostal elegido por Internet; La Cigala, donde me recibe Enrique, su dueño, tipo muy amable y con buenas historias. El lugar es sencillo, pero digno, al igual que la comida. Un buen bar y living central son el lugar de reunión de los huéspedes, todos en onda de pasarlo bien, y……. ¡!como no!! con los mojitos cubanos o caipiriñas que tan bien prepara Enrique. Después de un par de “traguyos”, la comida está servida y es compartida por gringos, franceses, ingleses y un chilenito entremedio. Unos aficionados a la pesca con mosca, otros al buceo o la vela, cada uno con sus cuentos, que por cierto se comparten con una buena copa de un tinto de esta tierra.

Pasado un rato, a la hora del café, aparece Guareque, el guía local que contacté gracias a la ayuda de mi amigo Gerardo Ortiz, de la tienda Rod & Gun. Guareque es un Venezolano típico, alegre y gran conocedor de esta zona. Después del saludo de rigor y alguna conversa, revisamos las moscas y programamos la salida para las 07:00 a.m. Por ahora no quedaba mas que descansar y soñar con Bonefish o un Tarpon de gran tamaño, que a decir de Guareque son muy posibles aquí en los Roques.

El día amaneció despejado, caluroso y sin viento, el agua revuelta por la marea alta. Todo auguraba un día difícil. Pagamos los permisos de pesca correspondientes y “manos a la obra”. Después de navegar unos 15 minutos, llegamos a los primeros “panqueques”, que son aguas bajas tipo lagunas, con vegetación en el fondo y en las orillas, lugar predilecto de los Bones. Acá la pesca es de “casería”, es decir, se camina (indispensable unas buenas botas de agua), se ubican los Bones y se lanza la mosca. La técnica requiere un lanzamiento delicado y preciso, idealmente con caña Nº 6 y línea floting para agua salada, pero sin duda lo más importante es el ojo entrenado del guía, quien avisa en jerga horaria la posición del pez y la distancia. Con su ayuda, las capturas se sucedieron una tras otra, fueron unos 10 Bones, de tamaños muy parejos, entre 4 y 6 libras y muy luchadores. Por algo estos peces son considerados de una extraordinaria potencia en relación a su tamaño.



Terminada la jornada de la mañana a eso de una de la tarde, nos merecíamos una cerveza halada y algo de fruta fresca para reponer fuerzas, un rato de descanso y a “trabajar” sea dicho.

Guareque ordena al Capitán el nuevo rumbo y me indica armar la caña y carrete más potente que tenga, en este caso era una Nº 9. Varó el “Peñero” a 100 metros de la costa, atamos un Gummy ( mosca de goma que imita un alevín o pez pequeño) en un líder de 9 pies para 40 libras. Pensé que todo esto era una broma, mal que mal yo venía detrás de los Bones o Macabíes. Sin embargo, pasados unos minutos ví las primeras “roladas” de unos impresionantes Tarpons o Sábalos, los más chicos de unas 40 libras… y de ahí para arriba. No era chacota, los Tarpons estaban ahí en cantidades y tamaños impresionantes…simplemente no lo podía creer.

Después de calibrar la mano, los lanzamientos comenzaron a mejorar, Luego de unos 20 minutos sentí un primer “topón”,…… muy sutil, con el que no tuve reacción alguna. Inmediatamente llegó la “puteada “ de Guareque…”¡¡¡¡Jale hermano, por qué demoró… o lo quiere servido en bandeja de plata!!!!”.



Me quedó claro el mensaje, después de algunas explicaciones relativas a que la pesca de truchas es muy diferente, recuperé de a poco mi autoestima.

Pasaron otros 15 ó 20 minutos y se repitió la misma historia; topón sin reacción y nueva “puteada” (en buena onda ) de Guareque, ……“hermano, hay gringos que vienen una semana y no tienen un solo pique”. Prometí que en el próximo lo “jalaba”, sin embargo fallé una vez más, llevaba tres piques de buenos Tarpons sin siquiera sentirlos……..y pensar que me creía un pescador más o menos bueno después de veinte años “lanzando moscas“ cada vez que puedo.



Cambié ideas con Guareque para corregir los errores, me rearmé anímicamente con los comentarios de mi guía…”Alejandro, tenga paciencia, hay gringos que han gastado fortunas y en su vida han agarrado uno de estos”.

Reconfortado con el comentario, agudicé mis sentidos y me acordé de San Expedito, Santo de los Doraditos, pero que también podría ser de ayuda en estas difíciles circunstancias. Y no me equivoqué…… nuevo topón sutil y esta vez jalé la línea con fuerza, de inmediato un salto de un enorme Tarpon, 60 ó 70 libras y la mosca aflojó. Bueno,……. después de todo era un buen avance, al menos lo “clavé” y lo vi.

Así terminó la tarde, con mezcla de frustración y ansiedad por “sentir un Tarpon pegado” …….la tarea quedaba pendiente.

El atardecer en el puerto, con los colores del cielo y del mar Caribeño merecen un comentario, lo mismo los Pelícanos detrás de los cardúmenes de sardinas.

La noche nos recibía plácida y nos regalaba un buen descanso, el que se ve interrumpido con las primeras luces de la mañana. Comienza el ajetreo, aparecen los guías, las botellas de agua, jugos de frutas, unas pailas con huevos y el café, por cierto Colombiano, que llena el espacio con su aroma sin igual. Despedimos a Enrique, quien nos regala los parabienes de rigor, y proa al mismo lugar de la tarde anterior. A babor estaba el bote de dos amigos franceses compañeros de hospedaje. Poco más allá un bote con dos pescadores Norteamericanos.

Ya todo está dispuesto, la misma mosca seleccionada y un líder que más parecía cable de remolque.

No pasan muchos minutos y comienzan los “roleos” de los Tarpons ”. El pique estaba algo flojo, a pesar de ver mucha actividad, había mucha ansiedad y expectativa. De pronto un francés gritaba ¡¡¡alè, alè !!!, un acrobático salto de un estupendo Tarpon y……… “chao cariño”, …….el líder no aguantó. Los gringos intentaban con largos lanzamientos, lo mismo yo, hasta que Guareque me recomendó lances cortos directo a la cabeza del pez al momento del roleo. Seguí la instrucción y a los pocos minutos mi primer Tarpon……..….esta vez ¡!sí!! estaba “pegado”, una fuerte corrida, saltos y más corridas que terminaron en varias fotos después de unos treinta minutos de intensa lucha. La alegría era enorme, era mi primer Sábalo o Tarpon, su tamaño nada despreciable, unas cuarenta libras, aplausos de los franceses,………. los gringos muy callados y concentrados en lo suyo.



Así transcurrió la mañana, tres Tarpons más de similar tamaño, dos de los franceses y nada para los gringos. Ya casi guardábamos las cañas para comer algo cuando vi aparecer un “monstruo”, un Tarpon enorme de más de cien libras sin dudas. Un rápido lanzamiento y el monstruo estaba “pegado”. Guareque gritaba como loco, un salto impresionante y el inicio del fin, una corrida que se llevó línea y 200 metros de backing a pesar del fuerte freno del carrete. Nunca antes había tenido una experiencia así, y la verdad dificulto que se repita. No hubo lamentos, la naturaleza se mostró en todo su esplendor… esta vez ganó el animal.

La tercera jornada y final comenzó más temprano, a eso de las seis y media de la mañana. El día semi nublado y con fuerte viento, el agua ayer cristalina se había vuelto oscura y revuelta. Ahora nos desplazábamos unos doscientos metros más al sur, la misma ceremonia, un fuerte líder y la misma mosca preparada por Guareque. Los primeros 45 minutos fueron nulos, a pesar de que “roleaban” Tarpons de muy buenos tamaños. Pregunté a mi guía qué pasaba y la respuesta fue simple: “espere a que caliente el sol, si te fijas sólo están jugando”. Minutos después ordenó al capitán un cambio de posición para quedar a sólo metros de la playa, el sol ya calentaba con fuerza y no tardó el primer pique, fuerte jalón y ya estaba “pegado” el Tarpon . La historia se repite, salto y corrida digna de un gran campeón, rápidamente desaparece la línea y el backing se comienza a agotar. Con la experiencia del día anterior, Guareque gritó al capitán “¡¡¡síguelo,rápido!!! y usted amigo, afírmese que se me cae al agua y aguántelo como pueda”. Así pasaron unos 45 minutos hasta que logramos traerlo a la orilla, un ejemplar de unas 50 libras, fotos y palmetazos. El día había comenzado bien.

Volvimos a la misma posición, seguían los roleos, parecían delfines jugueteando en un parque de Disney. De pronto vimos al frente un ejemplar magnífico, sin dudas el más grande que habíamos visto esa mañana. Lo seguí atentamente calculando dónde aparecería de nuevo, la caña lista, la vista fija y un cast de unos 15 metros, justo delante de su cabeza y el grito inmediato de Guareque “¡¡¡jale, jale!!!! que la tomó”, Yo no veía nada, aunque sí sentí el topón imperceptible de las “tomadas” anteriores y automáticamente un fuerte tirón a la línea con mi mano izquierda, bajando al mismo tiempo la caña (ésa es la técnica de los Tarpons) y el trofeo ya estaba “pegado”. Fue una carrera increíble, claramente mi caña y carrete no era el equipo recomendado para esa batalla, pero no estaba dispuesto a rendirme así no más, y Guareque tampoco. Lo seguimos mar afuera por casi tres millas.

Las corridas y saltos se sucedieron y cuando pensábamos que ya estaba agotado, subía a la superficie, se llenaba de aire fresco y recobraba toda su fuerza, nuevamente desaparecía la línea y backing, cambiamos de turno varias veces con el guía para poder “aguantarlo”, fueron casi tres horas de una lucha titánica. Qué alivio y alegría cuando volteó su panza brillante. El gran Sábalo de los Roques era nuestro, lo levantamos con esfuerzo, era un ejemplar magnífico, 120 libras a decir de Guareque. La pesca estaba terminada, era un final de cuentos y había que correr para no perder el avión de regreso a Caracas.

Así concluyó esta aventura en Los Roques, Venezuela, fueron tres días inolvidables y sólo me queda dar gracias a Dios por tanta maravilla, a pesar de ser un minusválido en materia de fe... algún día espero volver.


Alejo Infante R.
Oct-2005