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Pescando en Singular
Resulta relativamente frecuente escuchar en las tertulias de los cazadores, las míticas aventuras y desventuras corridas por algún aficionado que en su afán de capturar una pieza singular, ha puesto todo su empeño, conocimiento, estrategia y los medios a su alcance para conseguirla. Y así, todos hemos sido testigos por ejemplo, de cómo, cuando, en que lugar y en que circunstancias concretas, fue abatido un determinado ciervo o un oso, y de cuya existencia, situación, y querencia, tenía el cazador un previo y profundo conocimiento.




La acción de pescar en singular, -es decir la de un pieza concreta-excepcionalmente se practica por los pescadores, y quizás en menor proporción entre los que nos dedicamos en exclusiva a la pesca fluvial deportiva. Lo habitual es que planifiquemos un destino, y procuremos engañar a tantos peces como nos sea posible, pescando “al agua” en la mayoría de las ocasiones, y en donde sólo a veces por mero azar, sacamos alguna pieza importante.

Esta es la historia de un rececho planificado. En vísperas de mi viaje anual a Chile con el único propósito de practicar mi afición preferida, había decidido explorar las aguas del Sur, en las proximidades de Puerto Natales. Sin embargo, mi buen amigo y excepcional pescador, Eduardo Anguita, me hizo rápidamente cambiar de opinión y adapté mi viaje con la idea de dedicar un solo día a "mojar los hilos" en un recodo lleno de algas de un innominado brazo de agua de uno de los Ríos emblemáticos de la IX Región, -el Bio-Bio- y en donde tenía avistado un truchón de considerables dimensiones. Tenía por delante unos 2.200 kilómetros con tres vuelos de avión y tres días más de los previstos, pero la tentación era irresistible Estaba allí, -insistía Eduardo- a huevo, siempre, inamovible, prácticamente invisible e inapreciable para la mayoría de los mortales.  Sin pensármelo dos veces, y conocedor de la seriedad y pericia de quién de tales noticias me daba, organicé adecuadamente mi vista, sabiendo de antemano que tendría sólo una oportunidad, pero que esta, cualquiera que fuese su suerte, me compensaría.

La víspera, mientras cenábamos junto al fuego del campamento bajo un espectacular cielo estrellado, planificamos con detalle la estrategia. Habría que andar mucho para llegar al destino, el acceso resultaría intrincado, habría grandes desniveles por superar, y estrechos pasajes por los que discurrir. Pero aún así, merecería la pena. Repasamos los materiales: caña línea 6, cola de rata 2x de 9 pies, tippet 2x, y unas buenas imitaciones de ninfas (stoneflies). Nada más, a lo sumo, una buen chinguillo.

Decidimos no madrugar, íbamos en busca de una pieza singular; gracias a la atenta observación que mi amigo había constatado, la trucha no daba señal alguna de vida, hasta que las aguas estuvieran algo templadas. Por mi parte, sensacional; me gusta pescar con el día avanzado, y aprovechar la jornada hasta su final, pues estos son para mí los momentos del día que me resultan más entretenidos y productivos.

Nos costó llegar; el último esfuerzo después de dos horas de caminata, fue atravesar un auténtico fangal en donde nos enterrábamos hasta la cintura y en donde a cada nueva zancada me asaltaba la duda de si con el siguiente paso terminaríamos completamente hundidos y tragados por sus arenas movedizas: presa de la desesperación, pensaba que tanto esfuerzo, tiempo y desgaste no merecía la pena. Pero al fin, conseguimos salir y a escasos veinte metros estaba el destino prometido.

Nos encontramos en un ensanche del brazo del río donde la corriente era casi inapreciable. La sensación era la de estar ante una gran explanada llena de agua, con ramas y juncos presentes en todas partes. La vida salvaje estaba en plenitud, con numerosas aves e insectos pululando por doquier. La claridad del agua exultante, aunque la gran cantidad de algas colonizantes apenas dejaban resquicios libres. Me impresionó la descomunal madeja vegetal que se extendía por casi toda la superficie, pero me tranquilizó ver que era de una especie totalmente autóctona y natural. Yo no veía nada hasta que Eduardo, con un gesto de sorpresa y exclamación, dirigió su dedo a una especie de hoyo exento de vegetación y en donde me señalaba la existencia de una gran trucha.

Por más y más que miraba, nada de nada veía, hasta que pude apreciar una pequeña sombra marrón entre las algas. "Es la cola, hueón", me decía Eduardo, mientras yo, luchaba por imaginármela. Si hubiera pasado mil veces por allí, mil veces me hubiera ido, sin haber podido sospechar que en ese reducido lugar pudiera "estar puesto" un gran ejemplar.

Pero para mi ignorancia, el lugar era perfecto para una trucha vieja, gorda, resabiada y vaga. Era el escondite y el camuflaje ideal para sobrevivir con el mínimo esfuerzo. Metida en el hoyo, encontraba su protección, y por encima, la leve corriente le suministraba el alimento sin apenas movimiento. Comprobé por su posición -una vez que fui capaz de avistarla- que le bastaría con elevar el hocico por detrás de la hilera de algas que formaba el hoyo, para devorar pausadamente las ninfas que derivasen por la corriente, sin perjuicio además de estar en una situación perfecta para sorprender a cualquier pez que se desplazara por allí confiado entre los filamentos. Estaba claro, ¡que gran cazadora!, y como cualquier pez de presa, completamente consciente de que su inmóvil posición y perfecto camuflaje, era el “know how” ideal para esperar con paciencia infinita que la comida terminase directamente en su boca.

La acción estaba decidida; además no había ninguna otra alternativa. Lo primero y como siempre, decidir el sitio exacto desde donde poder castear, teniendo en cuenta, la distancia, el viento, la dirección y la fuerza de la corriente. Elegido el sitio, la segunda disyuntiva, era determinar el lugar exacto donde lanzar, teniendo muy en cuenta, que en este caso, la ninfa no podía caer delante del hoyo en el que se encontraba apostada la trucha, pues se hubiera enredado irremisiblemente entre las algas, arruinando cualquier posibilidad de pesca.

Para colocarme en el sitio exacto, tuve que reptar evitando de esta manera ser avistado. Una vez situado prácticamente de cuclillas, y sin sacar más línea que la suficiente para poder cargar la caña -y pescando exclusivamente con acción de punta - conseguí con un lance lateral poner la ninfa en el hoyo, pero para mi pesar, en una posición algo retrasada; pese a ello y una vez que el plecóptero completó su corto recorrido la saqué de1 agua con un leve cachete justo antes de que acabara enredado entre las algas. Comprobé que la trucha continuaba imperturbable, majestuosa, poderosa. Pensé en la suerte que había tenido al poder contar con una segunda oportunidad. Me tomé mi tiempo. Me concentré. Tenía todo el día, pensé. Cuando conseguí desacelerarme, controlé el vaivén de la ninfa para dejarla completamente parada, y con una ligera acción de punta, coloqué el patrón en el sitio adecuado, quizás levemente desplazado a la izquierda de la posición de la trucha. Pero aunque no había sido un lance perfecto, sabía que tenía que esperar, había que dejar que el señuelo hiciera su trabajo con su excitante movimiento al compás de la corriente. Y no se hizo de rogar: de repente, ví como la trucha se ladeaba hacia detrás y seguido de un enorme hocico, un gigantesco paladar blanco se abrió ante nuestros
ojos.

Aguanté la tentación y cuando vi que la trucha se contorsionaba, clavé con firmeza y decisión. Noté en la puntera de la caña que había tomado el engaño, y ya mi única preocupación había de ser la de evitar que cualquier error me hiciera romper la línea. Cuando uno se enfrenta a la brutal embestida de una trucha considerable, hay que manejar las herramientas con aplomo y serenidad. Lo esencial: nada, absolutamente nada, debe evitar que la salida de la línea de las anillas se interrumpa bruscamente; de ser así, la ecuación es siempre igual a trucha perdida.

Con frecuencia el consuelo del pescador ante la rotura del sedal, es que la pieza era demasiado potente para el “tippet” o cola de rata que usa. Pero esto no suele ser cierto; en la mayoría de los casos, la rotura obedece a nuestra falta de pericia. Es nuestro dedo-gatillo -el que sujeta la línea al mango de la caña, o la línea sobrante amontonada, el culpable de las pérdidas. Para frenar -que no detener- la carrera de la trucha, está el carrete, que debidamente regulado es a quien corresponde asumir la tarea de contener sus acometidas.

Pero en este caso, las cosas fueron muy diferentes. La veloz carrera de la trucha enseguida terminó, pues fue a parar a la impenetrable red de algas que le servían de protección. En estos casos, se impone la paciencia, pues sólo conseguir la trucha para la foto inmortal es nuestro único objetivo. Cuando la pieza se mete dentro de un alguero, la única opción es mantener la resistencia con el ángulo contario al que se supone se encuentra la cabeza de la trucha. Esta estrategia suele funcionar si la maraña vegetal no es demasiado densa, pues termina obligando a la trucha a abandonar su escondrijo. Pero si uno se encuentra con una denso y profundo manto vegetal, y en donde cualquier acción sobre la línea es improductiva, no queda más alternativa si no la quieres perder, que meterte al agua por ella.





Y esto fue lo que mi querido amigo Eduardo hubo de hacer, -con el agua por encima de la cintura,; fue tentando línea en mano y a ciegas hasta que la pudo coger después de una tensa espera en el que la trucha en su huída se introducía cada vez más y más en el espeso marañal. Cuando vi –después de tanto suspense- que la izaba fuertemente asida por la cola, no me lo podía creer: había conseguido gracias a mi fe y a su constancia, la captura más importante de mi vida.

De verdad que mereció la pena. No creo que pueda haber nada más satisfactorio para un pescador, que conseguir el objetivo tal y como ha sido programado. El placer de pescar es infinito, la pesca a cola de rata es fascinante, pero hacerlo así, hace la vivencia inimaginable. A más de 13.000 kilómetros de distancia, me queda el imborrable recuerdo, y la ilusión de volver algún día a repetir semejante experiencia.



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