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Pesca Salvaje
El 13 de abril de 2006, Diego Coscia (37) pasó a ser parte del folclore de la Patagonia: se convirtió en el primer guía en pescar en el mítico lago Strobel, en Argentina. “Fue la mejor pesca de mi vida”, asegura hoy, y su convicción no es menor: Coscia pesca desde niño en los ríos, lagos y mares de esta salvaje región. Ese día, lo recuerda bien, los únicos testigos de su hazaña fueron los guanacos, flamencos, zorros, cisnes, liebres y tres pescadores extranjeros, un grupo de clientes de Río Gallegos que había llegado hace unos días al lodge Las Buitreras, donde trabajaba. Coscia había oído hablar del Strobel, pero no tenía ninguna certeza de dónde estaba realmente.



Sólo sabía que se encontraba en algún lugar de una enorme estancia cercana a la ciudad de El Calafate. Y como el río donde estaba pescando con sus clientes había crecido demasiado, Coscia decidió, como plan B, salir a buscar un sitio mejor. Y ese fue ni más ni menos que el Strobel. El viaje para llegar fue demencial: viajaron por una huella no marcada, sin noción de tiempo y distancia, pincharon ruedas dos veces y sólo en llegar a la estancia demoraron un día. Una vez allí, el dueño les mostró un mapa donde aparecían 600 lagunas sobre la meseta de un volcán, más el lago Strobel, con un río que desembocaba en sus aguas, el Barrancoso. “Ahí quiero ir”, le dijo Coscia sin dudarlo.

Pero había un problema: los terrenos que daban al lago pertenecían a un tal señor Alberto Rodríguez y había que pedirle permiso. Entonces Coscia, desestinguibles perado, tomó su teléfono satelital y llamó a Las Buitreras para que le ubicaran a Rodríguez. Tuvo suerte: al poco rato le avisaron que Rodríguez aceptaba llevarlos a la desembocadura al día siguiente. Lo que sucedió después ya es parte de la leyenda. Guiados por Rodríguez –que resultó ser un genuino gaucho de unos 70 años, con boina, botas y pipa– el grupo bajó hasta la desembocadura del río Barrancoso en el lago. Las condiciones eran extremas: vientos huracanados pegaban de frente, los equipos estaban escarchados por las bajas temperaturas y el único refugio que tenían era una camioneta estacionada en medio de un gigantesco cráter volcánico. Así y todo armaron equipos y comenzaron a pescar. “Fue sorprendente, porque al primer lanzamiento todos sentimos un tirón y al recoger las líneas habíamos perdido las moscas”, recuerda Coscia. “No entendíamos lo que estaba pasando. Pensamos que eran piedras”. Les pasó dos veces más, hasta que decidieron colocar líneas más resistentes. “Lancé nuevamente y sentí otra vez un tirón, pero ahora había logrado clavar la mosca. La trucha comenzó a correr y saltar fuera del agua. La pelea fue increíble.

Eran truchas muy grandes, de cuatros kilos para arriba. ¡Al final clavamos 80 pescados en cuatro horas!”. Distante, frío y difícil de encontrar, pero con suficientes recursos como para pasar a la historia, el lago Strobel, en la provincia argentina de Santa Cruz, está cautivando a pescadores de todo el mundo por la calidad y cantidad de sus truchas. Con 120 kilómetros cuadrados de extensión, algunos ya lo llaman “la nueva Alaska” y, posiblemente, representa la pesca que hubo hace cientos de años. Un auténtico paraíso que no haría dudar a ningún amante de esta disciplina. Yo no fui la excepción. Por eso, a comienzos de enero figuraba sentado en una de las camionetas 4x4 rumbo al mítico lago Strobel. Iba con tres pescadores: Alberto Sfeir y su mujer, Yasmín Lamas, Diego –cuyo apellido debo mantener en reserva porque no quiere que en su oficina se enteren de que fue a pescar–, y acompañado por el chef Alberto Zwetzig y Rafael González, operador chileno del “Jurassic Lake”.

El Jurassic Lake es un campamento de pesca que hace seis años opera la empresa sueca Solid Adventures (www.solidadventures.com) en el lago Strobel. Se encuentra en el cráter del volcán del mismo nombre, bautizado así por el misionero jesuita Matías Strobel. Diego Coscia –a quien todos conocen como Pollo– está a cargo del campamento. Por cierto, él ahora se sabe el camino de memoria: lo hace por lo menos dos veces a la semana durante los seis meses que dura la temporada de pesca. Entre saltos y desvíos, son ocho horas de ida y ocho de vuelta desde El Calafate, y sólo en el último tramo –de 40 kilómetros– la ruta demanda cuatro horas. El recorrido para acceder al lago Strobel es parte de su mito. También lo son sus antiguos moradores, los tehuelches, cuyos grabados rupestres aún son desestinguibles en algunas paredes del lugar; y otros ilustres que anduvieron por la zona: los legendarios Butch Cassidy y Sundance Kid, quienes cabalgaron la Patagonia a comienzos del siglo 20, según cuenta el historiador Marcelo Gavirati, autor del libro Buscados en la Patagonia. Hoy, sin embargo, el único motivo para viajar a este aislado paraje es para sacar trofeos de cuatro, cinco y hasta doce kilos. Los fanáticos coinciden: “No hay mejor pesca en el mundo”.

Las cervezas comenzaban a destaparse con mayor confianza mientras descendíamos por una meseta hasta un cráter a 800 metros sobre el nivel del mar. Ahí estaba el campamento. Una casa central y dos alas laterales a orillas de la desembocadura del río Barrancoso y el lago Strobel. Eran las cuatro de la tarde y estábamos exhaustos: habíamos partido a las ocho de la mañana desde El Calafate. Además, ya no quedaban cervezas. En el living del campamento, las numerosas botellas de whiskey de malta, las fotos y un libro titulado “Bitácora” fueron lo primero que me llamó la atención. Las fotos, como es costumbre en cualquier lodge de pesca, eran de clientes con enormes truchas. Algunas de 9 y 10 kilos, sostenidas por sonrientes pescadores. Pero lo que me sacó de mi somnolencia fue el libro y las historias de pesca del Strobel. La primera entrada estaba fechada en noviembre de 2007. Era de un grupo de suecos que comentaba la semana: “Mucho viento y frío, pero la mejor pesca de nuestras vidas”. La siguiente hoja era de unos sudafricanos, que también terminaban con la frase “la mejor pesca de nuestras vidas”.

Página tras página, la bitácora seguía igual, con firmas de europeos, australianos, estadounidenses y rusos. Las capturas variaban por semana: 600, 756, 823 hasta 1.246. Al final de cada cita había una tabla, con un resumen de la pesca y las condiciones. La primera decía así: “Clima: Soleado, con algo de viento. Río: Alto, pero cruzable. Número de pescados: 756 truchas. Trucha más grande: 21 lbs (9,5 kilos)”. Después de toda esta introducción, ya era hora de ver en terreno qué tan real era esta leyenda. Esa tarde salimos rápidamente a pescar. Yo fui el primero en el río. Al observarlo no vi mucha actividad, pero al calmar el puelche –el viento característico de esta región– alcancé a divisar sombras en el agua. Al principio las confundí con piedras, pero eran truchas. ¡Cientos de truchas subiendo el río, algo que no había visto jamás en mi vida! Nervioso, lancé mi línea al agua y al recoger lentamente logré mi primera clavada. La historia se repitió durante el resto de la tarde. Trucha tras trucha, rompí todos mis récords: peces de 4, 5 y hasta 6 kilos.










El resto del grupo tampoco lo creyó. Y eso que la pesca recién estaba comenzando: aún quedaban dos días Esa primera noche, el interrogatorio a Pollo y al chef Alberto Zwetzig no paró. ¿Por qué esos tamaños? ¿Qué comen? ¿Por qué tantas? El primer malbec ayudó a calmar los nervios. Copa en mano, Pollo recordó que hace más de 20 años Alberto Rodríguez sembró las truchas con fines comerciales. Plantó 50 mil alevines en el río Barrancoso, pero el negocio fracasó por los costos, y las truchas quedaron solas, al olvido. “Creemos que el tamaño se debe a que el lago está repleto de pequeños camarones. Hemos abierto algunas truchas y están llenas de estos crustáceos”, contó Pollo. “Hay algunas que son de verdad muy grandes. Hemos navegado por el lago sin meternos mucho y usando un sonar se han detectado truchas de 20 kilos. Debe haber bichos más grandes hacia el interior del lago. También sabemos que comen ratas. Por eso, si usan moscas que imiten ratones, la pesca es increíble”.

Desde la cocina escuché a Alberto Zwetzig: “Es obvio que la distancia y el difícil acceso juegan a favor de estas criaturas”, dijo. Hoy sólo hay tres lodges operativos en la zona, pero el campamento de Jurassic Lake es el único que tiene acceso directo caminando al lago y a la desembocadura del río, la mejor zona para pescar. Durante los siguientes días, cada pescador del grupo vivió la mejor pesca de su vida. Los números se multiplicaron: 80, 100, 150 truchas por día. Y no importó dónde lanzáramos: en el río, en pozones, detrás de rocas, en el lago, en las bahías, contra el viento, a favor de él, con olas, sin olas, aminando o quieto. La pesca no defraudó a nadie, adultos, jóvenes, mujeres, novatos y expertos. Perfectamente pudo haber sido la pesca como era hace cientos de años. Y lo bueno es que está reviviendo en un sitio remoto y salvaje.

Por: Luis Goycolea.
*Coautor del libro “Chile, la aventura de pescar con mosca”.

Cómo llegar:

El guía Rafael González es el encargado chileno del Jurassic Lake. Las reservas deben hacerse con anticipación. Hay dos formas de llegar a la zona, vía Punta Arenas y luego a El Calafate por tierra, o por Buenos Aires, volando en Aerolíneas Argentinas.



Contacto para destino y mayor información: Rafael González I.
Rafael@MagallanesFlyFishing.com
Head Guide / Owner Magallanesflyfishing.com
Fotografías: Rafael González .Copyright © 2012 Todos los Derechos Reservados.


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