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De la frustración a la Gloria. La dura travesía de la primera trucha en Nueva Zelanda.
En el momento en que compré los pasajes supe que aquel sueño de muchos pescadores con mosca, el de pescar a la vista por grandes marrones en las celestiales aguas de Nueva Zelanda, se volvería en realidad. Pero el camino a la primera trucha no sería fácil, requeriría de un largo aprendizaje. Mi primer acercamiento fue en un pequeño río local, aparentemente con una baja población de truchas y no de muy gran tamaño, pero para comenzar a aflojar la muñeca no vendría nada mal. Mis últimas dos temporadas de pesca en Chile habían sido muy bajas, me sentía algo oxidado, pero nunca me he considerado un pescador mediocre, sin embargo de aquella primera vez saldría bastante decepcionado.



Nueva Zelanda es conocido mundialmente como el mejor destino para la pesca con mosca, incluso por sobre nuestra añorada Patagonia, algo difícil de comprender para quienes la visitan a menudo, tal vez son algo diferentes, pero los desafíos que te plantean las aguas neozelandesas son de categoría mundial. Lo que mucha gente tal vez desconoce es que al contrario de Chile, la población de truchas en los ríos en NZ es considerablemente menor. A veces hay que caminar un kilómetro para toparse con la siguiente trucha a pescar, si eso lo sumas a lo asustadizas que estas marrones son, más la falta de práctica tienes la ecuación perfecta para la frustración, a veces falta tan solo que tu línea toque el agua para que pierdas de vista a ese truchón que se alimentaba en la cola de aquel hermoso pozón.

Me acerqué entonces al pequeño rio local, el nombre ya no lo recuerdo, lo caminé por casi un kilómetro, con correderas de ensueño, pozones de lujo sin ninguna trucha, el agua en NZ suele ser tan clara como una playa del caribe, continué hasta que pude divisar aquella primera trucha, se movía muy activa, no parecía ser demasiado selectiva, la observé como se comportaba, até a mi leader 5x una pequeña ninfa, con incomodidad, bien agachado y con arbustos en mi espalda realicé un lanzamiento corto pero preciso, la mosca derivó, la trucha la vio y se acercó y en un rápido movimiento se fue nadando como diciendo “no, no, no!”. Mi pensamiento inmediato fue “¿Qué pasó? ¿Me vio? ¿El leader es muy grueso? ¿La mosca no era la adecuada? Pero… ¿Por qué huyó como si un piedrazo le hubiesen arrojado?!!! Al no ver más truchas me retiré por ese día. Volví a ir por esa trucha una vez más, estaba en el mismo lugar, alargué el leader a 15 pies, cambié la mosca por una más pequeña, una del #18. En un brusco movimiento la trucha quedó frente a mí, a no más de 2 metros míos, un pequeño roll cast le puso la mosca en la dirección correcta, la trucha la vio, se acercó y la rechazó, la misma trucha se había vuelto a burlar de mí para perderse en el río nuevamente. Comenzaba a enterarme de lo que los guías decían, de que las truchas en NZ eran muy astutas y las más asustadizas que jamás puedas atrapar.



Me tomó tiempo volver a salir a pescar nuevamente, un viaje hacia la zona de Rotorua en la isla norte me haría cruzar por, el que decían, era el mejor río de la región, el Ngamuwahine. Según lo que había podido averiguar sobre el río es que tenía una buena población de truchas marrones, me refiero a buena para NZ.

Llegamos al río y pudimos divisar sin mucho esfuerzo a la primera trucha, bajo un árbol, en una corredera una saludable marrón se alimentaba tranquilamente, para poder pescarla había que cruzar el río. Es muy importante que antes de acercarse a pescar una trucha en NZ formular un plan de ataque, me refiero a donde posicionarse, revisar tu leader en cuanto a nudos y largo de este, elegir correctamente la mosca, observar el comportamiento cuando se alimenta. Por lo general las truchas en NZ no son muy selectivas, un preciso primer lanzamiento, libre de drag es la clave para capturar una de estas truchas.

Crucé entonces el río, até una ninfa negra del #18 en 15 pies de leader, calculé el largo, le agregué tungsteno para lograr la profundidad adecuada pero la trucha ya no estaba ahí. Se asustó con algo, no lo sabía precisamente con qué pero ella ya no estaba ahí. Pescar a ciegas en NZ, con excepción de unos pocos ríos y lagos, es sinónimo de fracaso, de seguro pescarás aguas en donde no habita ninguna sola trucha.

Me rehíce entonces, dejé la frustración de lado y caminé el río hasta encontrar alguna otra trucha. Entonces la ví, tal vez la trucha más grande que he visto en mi vida, una marrón merodeaba el pozón, lo recorría de lado a lado. Me tomé el tiempo de observarla por 15 minutos, se demoraba 5 minutos en darle la vuelta al pozón y siempre pasaba por los mismos lugares. Ya había estudiado su comportamiento, puse entonces una ninfa, grande esta vez, necesitaba llamar su atención. La esperé y calculé cuando lanzar hasta que pasara por ahí aquel truchón. El pozón no tenía orilla, no había como bajar y acecharla de más cerca, mi única opción era ocultarme detrás de un árbol y atacarla desde ahí, si la clavaba tendría que saltar al agua con la esperanza de hacer pie en algún lugar donde poder pelearla de más cerca.

No podía ocultar mi nerviosismo al verla nadar imponente en el pozón, la imaginé tomar mi mosca, me imaginé la foto con ella, me imaginé la sonrisa que tendría al liberarla de vuelta a su reinado. Lancé, la mosca derivó, la trucha jamás la vio o tal vez no me la compró. Esperé 5 minutos a que volviera a finalizar su recorrido, lancé la mosca, le di un poco de vida cuando la vi virar y acercarse a mi mosca, iba por ella y yo estaba esperando que mi tippet pudiera resistir la pelea que me iba a dar, estaba por tomarla, pero en el último suspiro la rechazó, se dio la media vuelta y volvió a lo suyo.

Respiré hondo y putié un poco, cambié la mosca y volví a ir por ella, procuré tener calma para lograr una presentación apropiada. Una vez la mosca en el agua el truchón se acercó lentamente, como si fuese el dueño del río, como si mantuviera bajo total control la situación, se acercó e inspeccionó aquél “bicho” a la deriva pero no era digno de ser comido por él, lo volvió a rechazar y siguió con su nado a las profundidades del pozón. Ya sin tiempo para seguir pescando nos tuvimos que marchar y continuar nuestro viaje. Con la moral por el piso por haber perdido la oportunidad de capturar la trucha de mi vida cuestioné mis habilidades como pescador a mosca, me sentía completamente frustrado.

Pasaron varias semanas hasta que pudimos organizar un viaje al backcountry de la zona de North Canterbury, más específicamente al valle del río Clarence en la confluencia con el río Acheron, sin muchas referencias y con fines de exploración planeamos el viaje por 2 semanas hasta poder tener buen clima, necesitábamos días soleados para poder pescar a la vista, ya que en días nublados la visión se reduce considerablemente. Llegamos a un valle al más estilo de la pampa patagónica, rodeado de montañas y con un precioso río que corría a lo largo de ellas.

Paramos para echarle una miradita al río y lo primero que pude ver fue una trucha subir a tomar a la superficie, el viaje pintaba bueno. Una vez establecidos en la confluencia de los ríos, en nuestro campamento intercambiamos información con el guardia de la reserva. Nos contó que el día anterior habían pasado cinco pescadores por el Acheron, sin saber mucho detalle de que técnica utilizaban o si habían tenido suerte nos aventuramos a explorar este río que no es muy comentado por los pescadores, pero que aparentemente guarda truchas tamaño trofeo para el que se aventura a pescar su complicada geografía. Tras caminar toda la mañana sin éxito alguno en divisar ni una sola trucha nos devolvimos al campamento, de camino tratábamos de sacar conclusiones respecto del porqué el fracaso, y fue inevitable recordar al guardia y a los cinco pescadores del día anterior.

Una de las cosas que he aprendido del comportamiento de las truchas neozelandesas es que son extremadamente precavidas, estudios han entregado que en ciertos ríos, luego de ser pinchadas una vez pueden pasar hasta tres días hasta volver a alimentarse nuevamente, además el estudio señalaba que las truchas de mayor tamaño no vuelven a tomar la misma imitación por un buen tiempo.

Por otra parte la pesca de truchas en NZ, con la excepción de algunos pocos ríos, la devolución no es obligatoria, aún con la baja población de truchas en la mayoría de los ríos pueden matar hasta dos truchas por pescador, si consideramos que algunos cursos de agua tienen una trucha cada 400 metros, la calidad de la pesca puede cambiar de un día para otro. Una vez en el campamento, y luego de un reponer almuerzo con piquero incluido nos propusimos recorrer el Clarence.

Al cabo de algunos minutos ya habíamos localizado una trucha de buen tamaño que se movía a lo largo de una cabecera. Había que bajar y cruzar el río por algún lado porque de este lado no había orilla alguna. Al cabo de media hora pudimos llegar a la orilla contraria pero el viento que se había levantado ya no permitía ver nada, con el sol pegando duro y sin la posibilidad de pescar a ciegas decidimos esperar por un golpe de suerte, a que el viento pase o hasta poder distinguir la trucha. Y así pasó, el viento se calmó y pudimos ver a la trucha que se movía subiendo y bajando en el pozón. A ratos las ráfagas de viento me “cegaban” y entorpecían mis lanzamientos con mi caña #3, un poco inapropiada para la situación pero no tenía más.

Presenté la mosca lo mejor que pude, sin embargo no lograba engañar a la trucha, lo intenté por media hora, con cinco cambios de mosca y diferentes profundidades pero sin poder ver bien una vez más fracasé en el intento de atrapar mi primera trucha en NZ. Al otro día el clima empeoró y avistar truchas se hizo muy difícil, traté de pescar a ciegas pero fue infructífero, por lo que debimos terminar el viaje de pesca. Para entonces mi frustración era demasiada, a menudo pensaba que jamás podría llegar a atrapar una de las zorras marrones de estas tierras, era un desafío ya imposible de lograr para mí.

Nuestro próximo intento sería a un pequeño río, no muy explorado, la verdad ignorado por los pescadores, pero que si teníamos suerte tendría alguna truchita para entretenerse. Era un río cercano, por lo que si nos iba mal no importaría demasiado, lo tomaríamos casi como un paseo de después de almuerzo. Cuando llegamos el río Conway no tenía muy buena pinta, estaba bajo y con muchas algas. Nos asomamos a ver con mayor detalle la estructura del río y para nuestra sorpresa dos truchas huían rápidamente de nosotros, de tamaño respetable, pero que por descuido no habíamos podido ver.

Esperando que no fuesen las únicas dos truchas nos fuimos al agua, lo caminamos un poco pero sin resultado, hasta que llegamos a una línea de sauces que cubrían una seria de pequeños pozones que al menos tenían pinta de trucheros. Al acercarnos vimos una enérgica arcoíris alimentarse en toda la columna de agua, pusimos todo el empeño en capturarla, pues nunca sabes cuándo volverás a ver otra trucha.

Por más que cambiaba el patrón no lograba dar con la imitación, la trucha la ignoraba. Mi variedad de moscar no era suficiente, algo estaba ignorando, algo que en aquel momento no supe descifrar. Seguimos río arriba, y sin alejarnos mucho de la trucha anterior vimos bajo un tronco una marrón que abría su hocico una y otra vez, comiendo y comiendo pero puesta en un lugar difícil de llegar, solo pudimos apreciarla en su hermosa perfección. Continuamos caminando en búsqueda de la primera trucha y en un pequeño pozón ahí estaba, acompañada por otras 3 truchas, 1 medianas y 2 de tamaño respetable, lo primero en la ecuación era tomar la posición correcta desde donde permanecer oculto y con buen ángulo de lanzamiento, segundo había que agregarle el peso correcto a la ninfa para llegar al fondo donde esperaban por la comida que la corriente les llevaba. Lancé con cuidado y tratando de corregir la línea rápidamente, pero una fuerte corriente superficial sacaba mi mosca hacia la orilla, lejos de la trucha.

Volví a tratar, esta vez con un tiro más ajustado y cercano al paredón pero las corrientes que se cruzaban hacían muy difícil manejar la línea en el agua. Debía hacer un tuck cast con un aerial mend hacia la izquierda, algo imposible de realizar para mí, tal vez para cualquiera. En una jugada desesperada crucé el río lentamente y agazapado me trepé en el paredón con sigilo para no espantar a mi truchón, me tomé el tiempo necesario para posicionarme correctamente sin que la trucha me viera. La podía ver perfectamente, moviendo sus grandes aletas para mantenerse en el lugar donde recibía todo lo que el río le ofrecía, era difícil controlar mis nervios y con un complicado ángulo para lanzar la clave era pescar solo con el leader y una pesada ninfa en la punta. Hice un corto y brusco movimiento de antebrazo y la mosca nadó pero no lo suficientemente profundo.

Afortunadamente la trucha permanecía ahí, ni la punta de mi caña ni mi presencia fueron percibidas por ella, esta vez debía ser más preciso y lanzar un metro más arriba, así la mosca tendría tiempo de hundirse y pasearse frente a su hocico. Respiré hondo, me calmé y con pulso firme repetí el movimiento, la trucha vio la mosca y se lanzó a atraparla, tuve la calma necesaria para clavar sutilmente, fue entonces cuando sentí su peso en la línea y la pelea comenzaba. Trepado en una roca y sin chinguillo no tenía ninguna chance de sacarla, peleaba fuerte y mi caña #3 lo sentía, trataba de hacer memoria cual era mi tippet, ¡era 4x! o ¿era 5x?.

Traté de mantenerla cerca, que no me quitara mucha línea porque no tenía como seguirla desde ahí, no tenía tiempo para sutilezas así que salté de la roca para llegar a la orilla y tal vez vararla, mientras tanto mi esposa me alentaba y tomaba las fotografías. Al cabo de 10 minutos de intensa pelea la trucha se entregó y ahí estaba yo con mi primera trucha neozelandesa, al fin lo había logrado, tenía un hocico enorme, era un hermoso macho. La foto de rigor y al agua de vuelta a su rincón en aquel pozón. Feliz por el logro fue inevitable no recordar los momentos de frustración vividos en las salidas anteriores. Nueva Zelanda te pone a prueba, es un curso intensivo de estrategia, presentación y comportamiento de las truchas, pero más importante aún, aprendes a lidiar contigo mismo, es un desafío de sabiduría y resiliencia.























Por : Pablo Cifuentes